lunes, 2 de mayo de 2016

LA DOCTRINA DEL SHOCK ATERRIZA EN ECUADOR


                                                                                                     Por Jaime Muñoz Mantilla

Cuando Milton Friedman era acreedor al premio Nobel de Economía, la doctrina del shock empezaba a ponerse en vigencia en distintas latitudes del planeta.
La Doctrina del Shock era, ni más ni menos, que provocar conmociones a fin de “organizar adecuadamente la economía”.
Lo que, en buen romance, significaba, tras la violencia provocada, otorgar manga ancha a los empresarios a fin de que pongan a funcionar las leyes del mercado, aquéllas que supuestamente de modo automático lo regulan. Naomi Klein lo señala cuando afirma: “Friedman creía que cuando la economía estaba muy distorsionada, la única manera de alcanzar el estado previo era infligir deliberadamente dolorosos shocks. Sólo una ‘medicina amarga’ podía borrar esas distorsiones”. (Naomi Klein.
La doctrina del shock. Pág. 80. Edit. Paidós. 2007). La medicina incluía mancharse de sangre las manos. Así, cuando en Indonesia, hacia 1965, el general Suharto dio al traste con los proyectos reformistas de Sukarno y, auspiciado por la CIA, tomó el poder, el señor Robert Martens, funcionario de la embajada de los EE.UU. en Yakarta y tras un proceso de erradicación paciente (léase asesinatos) de cuadros de la izquierda indonesia, declararía: “En realidad fue una enorme ayuda para el ejército. Probablemente mataron a mucha gente, y probablemente yo tenga sangre en las manos, pero no fue del todo malo. Llega un momento en el que tienes que golpear con fuerza en el momento decisivo”. (Ob. Cit.).
Pero la doctrina del Shock no sólo es aplicable, para el fundamentalismo neoliberal, provocando intencionalmente el shock. Es factible ponerla en práctica cuando se producen catástrofes naturales. En EE. UU. George W. Bush la aplicó cuando New Orleans fue asolada por un huracán, el Katrina, en 2005. Ciudad bajo el nivel del mar, New Oleans sufrió terrible inundación con pérdida de vidas y bienes. El Presidente norteamericano aprovechó la ocasión para privatizar escuelas del Estado o no reabrirlas. Población mayoritariamente negra, no merecía clemencia.
Ahora, en Ecuador, el shock vino de la Naturaleza. El terremoto del 16 de abril resulta la oportunidad propicia para el asalto de la empresa privada a los bienes del Estado. Es cuando los empresarios de la oposición claman por la privatización de las empresas estatales, dizque para destinar los fondos recaudados, a la reconstrucción de las provincias devastadas por el sismo.
El señor economista Rafael Correa Delgado, Presidente de la República y líder del “socialismo del siglo XXI”, acoge el pedido del neoliberalismo de viejo cuño: venderá Sopladora, la tercera hidroeléctrica del país, el banco del Pacífico y, probablemente, la compañía de aviación TAME. Y entró en subasta el Hotel Quito, propiedad del IESS, esto es de los trabajadores y empleados afiliados a la institución de seguridad social. ¿Qué ocurrirá cuando Sopladora pase a manos privadas? Que los nuevos dueños impondrán las tarifas que a bien tengan a los usuarios. (Aun sin necesidad de privatizar las eléctricas, el señor Macri, flamante mandatario argentino y fiel discípulo de los chicago boys, ha elevado las tarifas de la electricidad en el 300%).
Claro que estas medidas, abiertamente privatizadoras, tienen antecedentes en Ecuador. Uno: En los 5 últimos años el gobierno vendió el ingenio azucarero, La Troncal, al grupo peruano Gloria, hoy llamado EQ2, y, vía tercerización, privatizó la limpieza, la seguridad y la alimentación de los hospitales de la seguridad social, por citar sólo algunos ejemplos.
Es el abreboca de lo que vendrá luego, cuando en las elecciones de 2017 advenga ese viejo neoliberalismo o continúe el de nuevo cuño. Las señales están dadas. Y es el triunfo de la embestida del capitalismo globalizado que vuelve, tras sus fracasos y una resistencia, aún dispersa, de los pueblos, al ataque empresarial corporativo.
Algún teórico y capo del neoliberalismo declaró, hace poco, que ante el fracaso de la estrategia de acabar con el control estatal y la regulación del mercado, se debía poner al Estado al servicio del proyecto neoliberal. ¿Lo empieza a implementar el economista Correa con las privatizaciones ad portas?
Ya clamarán los corifeos gubernamentales afirmando que la catástrofe natural lo demanda. Lo vienen haciendo cuando justifican la elevación del IVA, proyecto de ley que está por aprobarse en la Asamblea. Callan u otorgan respuestas evasivas cuando la ciudadanía exige reducir el tamaño del Estado y su burocracia inflada.
El “socialismo del siglo XXI” es incapaz de gravar con impuestos a los que más tienen, a los acaparadores, a los monopolios, a los banqueros y empresarios prósperos que, a decir del propio presidente, nunca, antes de su gobierno, obtuvieron tantas ganancias como ahora. La solidaridad demandada al pueblo –el que paga el IVA- no es demandada a los poderosos. Ellos merecen estímulos para “generar empleo”.
Los columnistas de la prensa “independiente” aplauden las medidas del gobierno, abierto a la empresa privada. Y claman por la ratificación del Tratado de Libre Comercio con la UE, tratado firmado ya por el gobierno nacional y que espera la ratificación de la Asamblea Nacional. Tratado que viola la Constitución del Estado ecuatoriano y que conducirá a la muerte de la soberanía alimentaria y la soberanía nacional.
De otro lado, desde dentro y fuera del país se llama a la inversión privada para “reactivar” la economía de Manabí y más provincias afectadas por el sismo. Inversión que, sobre todo venida de fuera, comporta el desplazamiento de la pequeña empresa turística nacional, vía montaje de grandes hoteles a la medida de Acapulco o Cancún.
Cuadro que configura una realidad dolorosa cuya única respuesta debe ser la organización popular, la resistencia a la agresión a los derechos laborales y a la economía popular; y la iniciativa para implementar, desde la base social, una economía colectiva, solidaria. Como solidaria ha sido la inmediata respuesta de todo un pueblo para con sus hermanos y hermanas agobiados por la catástrofe.
Quito, 2 de mayo de 2016

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